lunes, 7 de julio de 2014

La personalidad Autotélica

Autotélico es una palabra compuesta por dos raíces griegas: auto (yo) y telos (meta). Una actividad autotélica es aquella que hacemos por sí misma, porque vivirla es su principal meta. Por ejemplo, si yo jugase una partida de ajedrez principalmente para disfrutar de la partida, ésta sería una experiencia autotélica para mí; pero si jugase por dinero o por alcanzar una posición en la clasificación mundial de ajedrez, la misma partida sería principalmente exotélica, es decir, motivada por un objetivo externo. Si se aplica a la personalidad, la expresión autotélico designa a una persona que generalmente hace las cosas por sí misma en vez de hacerlas para conseguir después un objetivo externo.
Por supuesto, nadie es totalmente autotélico, pues todos tenemos que hacer cosas, incluso aunque no las disfrutemos, por sentido del deber o por necesidad. Pero existe una gradación, que va desde las personas que casi nunca sienten que lo que hacen merece la pena hacerlo por sí mismo, hasta las que sienten que la
mayoría de las cosas que hacen son importantes y válidas por sí mismas. El término autotélico se aplica a estas últimas personas.
Una persona autotélica necesita pocas posesiones materiales, diversión, comodidad, poder o fama, porque muchas de las actividades que realiza ya son gratificantes. Como estas personas experimentan los estados de fluidez en el trabajo, en la vida familiar, cuando se relacionan con otras personas, cuando comen e incluso cuando están solas sin nada que hacer, son menos dependientes de las gratificaciones externas que mantiene a los demás en movimiento en una vida compuesta de rutinas aburridas y sin sentido. Las personas autotélicas son más autónomas e independientes porque no pueden ser fácilmente manipuladas con amenazas o recompensas externas. Al mismo tiempo están implicadas en todo lo que les rodea porque están totalmente inmersas en la corriente de la vida.

La felicidad que uno mismo afirma experimentar no es un buen indicador de la calidad de vida de una persona. Algunas personas afirman ser "felices" aun cuando les disgusta su trabajo, su vida familiar es inexistente y dedican todo su tiempo a actividades sin sentido. Somos seres con gran capacidad de recuperación y, aparentemente, somos capaces de evitar sentirnos tristes aunque todas las condiciones externas den pie a ello. Si no podemos decir que somos al menos algo felices, ¿por qué seguir? Las personas autotélicas no son necesariamente más felices, pero llevan a cabo actividades más complejas y, como consecuencia, se sienten mejor consigo mismas. No basta con ser felices para tener una vida plena. La cuestión consiste en ser felices mientras hacemos cosas que amplían nuestras habilidades y nos ayudan a evolucionar y a realizar nuestro potencial. Esto es especialmente aplicable a los primeros años de la vida: es improbable que un adolescente que se siente feliz sin hacer nada madure como un adulto feliz.

Si existe una cualidad que distingue a las personas autotélicas es que su energía psíquica parece inagotable. Aunque no posean mayor capacidad de atención que cualquier otra persona, pueden prestar más atención a lo que sucede alrededor de ellas, tienen mayor capacidad para darse cuenta y están dispuestas a invertir más atención en las cosas por sí mismas sin esperar una gratificación inmediata. La mayoría administramos la atención cuidadosamente. Sólo la entregamos a las cosas serias, a las cosas que importan; únicamente nos interesamos en lo que puede promover nuestro bienestar. Los objetos más dignos de nuestra energía psíquica somos nosotros mismos y las personas y cosas que nos proporcionan alguna ventaja material o emocional. La consecuencia es que no tenemos demasiado sobrante de atención para participar en el mundo por sí mismo, para ser sorprendidos, para aprender nuevas cosas, para entrar en empatia y desarrollarnos más allá de los límites impuestos por el interés en nosotros mismos. Las personas autotélicas están menos preocupadas por sí mismas y por ello tienen más energía psíquica disponible para experimentar la vida.

El interés de una persona autotélica no es enteramente pasivo y contemplativo. También implica un intento por entender los problemas o, por resolverlos. Lo importante es que el interés sea desinteresado; en otras palabras, que no esté enteramente al servicio de los propios intereses. Sólo si la atención está hasta cierto punto libre de las metas y ambiciones personales tenemos ocasión de comprender la realidad en sus propios términos.

Pero sin este interés desinteresado, la vida no es interesante. No hay espacio para la maravilla, la novedad y la sorpresa; no queda ningún lugar para trascender los límites impuestos por nuestros miedos y nuestros prejuicios. Si no se ha desarrollado la curiosidad y el interés durante los primeros años de la vida, es una buena idea adquirirlos ahora, antes de que sea demasiado tarde para aumentar la calidad de vida. Hacerlo es muy fácil en principio, aunque más difícil en la práctica. Pero seguro que vale la pena intentarlo. El primer paso consiste en desarrollar el hábito de hacer lo que haya que hacer con una atención concentrada, con habilidad en vez de inercia. Cuanto más rutinaria sea una tarea, como puede ser lavar platos, vestirse o cortar el césped, más gratificante será, si la abordamos con el cuidado que pondríamos en crear una obra de arte. El próximo paso consiste en transferir todos los días algo de energía psíquica de las tareas que no nos gusta hacer, o del ocio pasivo, a algo que nunca hemos hecho antes, o a algo que disfrutamos haciendo, pero que no hacemos a menudo porque nos parece demasiado problemático. Existen literalmente millones de cosas potencialmente interesantes en el mundo para ver, hacer y aprender. Pero realmente no se vuelven interesantes hasta que les dedicamos atención. Muchas personas aducirán que este consejo no les es útil, porque tienen tantas cosas que hacer en su tiempo disponible que no pueden permitirse el lujo de hacer nada nuevo o interesante. El estrés producido por la falta de tiempo se ha convertido hoy día en una de las quejas más generalizadas. Pero lo más frecuente es que sea una excusa para no tomar el control de nuestra vida.
¿Cuántas de las cosas que hacemos son realmente necesarias? ¿Cuántas de estas exigencias podrían reducirse si pusiéramos algo de energía en establecer prioridades, organizar y racionalizar las rutinas que ahora dispersan nuestra atención? Es verdad que si dejamos que el tiempo se nos escurra entre los dedos, muy pronto no nos quedará nada. Hay que aprender a administrarlo cuidadosamente no tanto para lograr riqueza y seguridad en un futuro lejano como para disfrutar de la vida aquí y ahora.

Tiempo es lo que hay que encontrar a fin de desarrollar el interés y la curiosidad para disfrutar de la vida por sí misma. El otro recurso igualmente importante es la capacidad de controlar la energía psíquica. En lugar de esperar un estímulo externo que atrape nuestra atención, debemos aprender a centrarla más o menos a voluntad. Esta capacidad está relacionada con el interés por una retroalimentación de ida y vuelta, de refuerzo y de causalidad recíproca. Si está usted interesado por algo, se centrará en ello, y si centra la atención en algo, es probable que se interese por ello.
Muchas de las cosas que encontramos interesantes no lo son por naturaleza, sino porque nos tomamos la molestia de prestarles atención. Los insectos y los minerales no son muy atractivos hasta que uno empieza a coleccionarlos. Tampoco lo son la mayoría de las personas hasta que sabemos algo de su vida y de lo que piensan. Correr maratones o escalar montañas, el bridge o las obras de Racine es más bien aburrido salvo para quienes han invertido suficiente atención como para percatarse de su intrincada complejidad.

"Nunca hay una buena excusa para estar aburrido."

Controlar la atención significa controlar cómo vivimos las situaciones y, por tanto, la calidad de vida.
El grado de estrés que experimentamos depende más de lo bien que controlemos la atención que de lo que realmente nos suceda. El efecto del dolor físico, de una pérdida monetaria o de un desaire social depende de la atención que le prestemos, de qué espacio le dejemos en la conciencia. Cuanto más energía psíquica invertimos en un acontecimiento doloroso, más real se vuelve y más entropía introduce en la conciencia.
Es mejor mirar directamente a los ojos del sufrimiento, reconocer y respetar su presencia y después ocuparse lo más rápidamente posible de cosas en las que nosotros decidimos centrarnos. No es lo que sucede a una persona lo que determina su calidad de vida, sino lo que una persona hace que suceda.

Hay que aprender a controlar la atención. En principio sirve cualquier habilidad o disciplina que uno pueda dominar a propia voluntad: la meditación y la oración si se tiene inclinación por ellas; el ejercicio, el aerobic, las artes marciales para los que prefieren concentrarse en habilidades físicas. Cualquier especialización o pericia que uno encuentre placentera y en que se pueda aumentar con el tiempo el conocimiento de sí. Sin embargo, lo importante es la actitud que se tenga hacia esas disciplinas. Si se reza para ser santo o se hacen
ejercicios para desarrollar unos poderosos músculos pectorales, o se aprende para ser muy culto, entonces se pierde gran parte del beneficio. Lo importante es disfrutar de la actividad por sí misma y saber que lo que importa no es el resultado, sino el control que se adquiere sobre la propia atención.

Normalmente la atención es dirigida por instrucciones genéticas, convenciones sociales y hábitos aprendidos en la niñez. Por ello, no somos nosotros quienes decidimos de qué darnos cuenta qué información entra en nuestra conciencia. Como consecuencia, nuestra vida no es nuestra en ningún sentido significativo; la mayor parte de las cosas que experimentamos habrán sido programadas para nosotros. Aprendemos qué se supone que merece la pena ver y qué no; qué recordar y qué olvidar; qué sentir cuando vemos un murciélago, una bandera o a una persona que reza a Dios según un rito diferente; aprendemos aquello por lo
que se supone que merece la pena vivir y morir. A lo largo de los años, nuestra experiencia seguirá el guión escrito por la biología y la cultura. La única forma de recuperar el dominio de la propia vida es aprender a dirigir la energía psíquica de acuerdo con nuestras propias intenciones.

En igualdad de condiciones, vale más la pena vivir una vida llena de actividades complejas de flujo que una vida empleada en consumir ocio pasivo. En palabras de una mujer que describe lo significa para ella la profesión: «Estar totalmente absorta en lo que se está haciendo y disfrutarlo tanto que no se quiere estar en ese momento haciendo ninguna otra cosa. No imagino cómo las personas pueden sobrevivir si no experimentan algo así... ». O, como comenta otro hombre hablando de su trabajo: «Me interesa. Es una fuente de satisfacción lograr algo que se piensa que es importante. Sin esa conciencia o motivación me parece que la vida podría ser más bien aburrida y carecería de sentido; a mí no me gustaría probar una vida así, una vida de ocio total, es decir, de no tener algo que hacer que merezca la pena; me parecería una situación más bien desesperada.» 
Cuando somos capaces de afrontar la vida con esa implicación y entusiasmo, puede decirse de nosotros que hemos logrado una personalidad autotélica.

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